Bienpensante


17
October 25, 2009, 7:18 pm
Filed under: ficción, idealismo, pop

En general uno cree que todos los tipos tenemos más o menos las mismas cosas claras, que a cierta edad, ciertos comportamientos para con el sexo opuesto fueron incorporados de alguna u otra forma, por todos. D. era de esos que desafiaban, con su sola actitud, esa creencia. Mil veces por mi cabeza rondo la posibilidad de “ayudar” a D. con su tema con las mujeres. No porque sintiera que necesitara ayuda, cosa que de sólo intentarla lo hubiera espantado de forma atroz, sino porque notaba, quizá ingenuamente, que él podía ser mucho más feliz de lo que era, si acaso estuviera con alguien. Como conté ya, conocí a una sola de sus novias. Él mismo confesaba que no habían sido más de tres o cuatro, de poco tiempo. Pero no hablaba de eso, no quería hablar de eso. Aun borracho, cuando –como todo el mundo- se ponía un poco más verborrágico, tampoco sacaba este tema. Hablábamos de muchos otros e incluso me decía cosas prudentes y acertadas alrededor de alguna pelea que tenia con S. o incluso antes, cuando me pasaba algo con una mina. Pero no podía hablar de él, y mucho menos pedir consejos. Tampoco mi otro yo joven y distraído entendía demasiado toda esta dinámica. Los que conocimos –bien- a D. podemos dar cuenta de esa atracción ineludible que generaba, sólo se producía en algunos pocos de nosotros, generalmente los que lo habíamos tratado durante mucho tiempo. Y sobretodo hombres. D. no tenia muchas amigas mujeres y muchas de nuestras amigas y conocidas, al nombrarlo ocasionalmente, o lo ignoraban o les parecía un boludo, un tipo del que no valía la pena ni detenerse a charlar. Incluso después, cuando ya circulaba parte de su obra, eran sobretodo hombres los que se me acercaban a hablar del tipo, de sus publicaciones y eso. Conocí muy pocas lectoras de D., si acaso hay alguna ahí afuera, mucho me gustaría que saliera al mundo a contarle que alguna vez D. existió.
De hecho, recuerdo un momento muy extraño que viví con D. alrededor de esto: era mediodía, poco tiempo después de que se le hubiera muerto la madre. Había ido a la casa a verlo como estaba, a ayudarlo a acomodar y terminar de liquidar las cosas de su madre (si acaso tuviera alguna empatía con la alquimia y los hechizos del brujo vienés, podría decir que ella es la culpable de todo esto. Me rehúso a caer tan bajo). Él estaba sentado en el piso, con la notebook apoyada en la mesa ratona. Me hizo sentar en un almohadón al lado de él, mientras iba a buscar algo de tomar y acomodar algo. A esa altura yo ya me movía con comodidad por la casa, sin pruritos. Como D. tardaba, me puse a curiosear en la compu, solo para caer en el pdf que había abierto en la pantalla: un informe de 224 págs. Tamaño A4, escrito en inglés, con el redundante titulo de Mysthery Method. El informe era una larguísima y compleja guía de seducción donde se repasaba no solo la actitud de las mujeres, sino tácticas, estrategias y todos los artilugios que a uno se le ocurran para conquistarlas. Es cierto que no era un informe burdo, era más bien cuidado, como para formar tipos atrayentes, pero no seductores desbocados, cogedores de 3 minas por noche, ni esas aberraciones que circulan entre nuestros pares. Eran, en gran medida, todas cuestiones intuitivas, que yo ya sabia, pero que nunca había visto escritas y expresadas así, como para enseñárselas a otro. Inmerso en la lectura, escuche los pasos de D. Entre en pánico y sólo se me ocurrió cerrar el archivo, para inmediatamente darme cuenta que en cuanto me fuera y D. fuera a resumir la lectura iba a encontrar el archivo cerrado y la prueba irrefutable de que había visto lo que estaba leyendo. Me invadió una tremenda vergüenza, pero más aún, el miedo de que a partir de esto, D. cambiara su actitud conmigo. Todo esto en el segundo que le tomo a D. poner dos posavasos en la mesita y apoyar los dos vasos de cerveza helados, mientras se sentaba en el piso.



16
October 13, 2009, 1:39 am
Filed under: ficción, idealismo, pop

Se había olvidado un cuaderno en mi casa, la que mis viejos me habían alquilado (y que, pasado un tiempo, empecé a mantener solito) en Flores, sobre la calle Bonorino, casi esquina José Bonifacio. Fue en la primera época de nuestra amistad, a un año y medio o dos de conocernos. No pude, como con muchas otras de sus cosas, reprimir el deseo de abrirlo. Era un cuaderno grande, con tapas de hule negro, muy prolijo. La letra de D. era de esas prolijamente desprolijas, levemente inclinadas, casi como en bastardillas. Ahí descubrí, al abrirlo, que D. tomaba hojas y hojas de apuntes en la facultad, pero que también escribía, no sólo un diario –bastante chato-, sino cosas sueltas, que hasta ese momento me parecían sacadas de cualquier contexto en el que me lo pudiera imaginar. Fue ahí, por primera vez, que cai en la cuenta que D. escribía, que tenia o pensaba un mundo que no se correspondía con su exterioridad, que a esa altura creía ilusoriamente haber conocido por completo. Se me apareció de repente un mundo completamente nuevo y extraño, enteramente ajeno pero con un leve rumor a algo conocido en el fondo, casi como un deja vu. D. tenia eso que no encontré nunca en nadie más, esa sensación de que eso que vertía a la letra, ya había sido escrito en alguna otra parte, pero que la referencia se había perdido, que no existía un original al que remitirse. Casi como si el tipo tuviera acceso a una parte del mundo que a nosotros nos estaba vedada. Nunca se me ocurrió pensar a D. como un creador de la nada, un genio de la imaginación, siempre lo suyo me pareció, más bien, una copia estilizada y denodada de algo a lo que nosotros, todos los demás, no tuvimos ni tendremos acceso nunca.
Cuando cerré el cuaderno, esa primera vez, también borre algunas preconcepciones que tenia de él. Ya no me parecía un chico medio inocentón, tímido e inseguro. Me di cuenta, más bien, que era alguien con un secreto, que quizás hasta le daba un poco de miedo. Estaba seguro, desde ahí, que D.  escondía algo con celosía.



15
September 7, 2009, 9:12 am
Filed under: ficción, idealismo, pop

Debería, en algún momento –y ningún momento es más propicio que otro para empezar a contar esto desde el principio– reponer algo de la vida de D. No pretendo ser su biógrafo, no. Pero al menos quisiera que alguien lo entendiera un poco, aún ahora.
D. nació hace 38 años, en una clínica del barrio de Flores que ya no existe –o que al menos ya no está emplazada donde solía estarlo. Su papá, que vivió muchos menos años de los que hubiera debido, victima de un ataque al corazón justo cuando estaba debajo de las inquietas caderas de su secretaria de turno, era nieto de italianos llegados a Buenos Aires vaya uno a saber cómo. Su mamá, de origen irlandés, lo sobrevivió algunos años.
Todos los años que vivió acá, D. los pasó en la casa de sus padres sobre la calle Nicolás E. Videla, entre Valle y Antonino M. Ferrari. Era una casa inglesa, emplazada en 6 u 8 manzanas que parecían transplantadas de algún suburbio londinense. La anglofilia de D. –que en el fondo nos atraía tanto a todos y que es tan mentada aquí– tiene algo de su origen en la energía que D. debe haber chupado viviendo en ese barrio, rodeado de esas vecinas, ex “institutrices inglesas” de gente importante. Su abuelo, que compró la casa cuando ese barrio recién se armaba, ya dejaba entrever el interés de la familia por lo anglosajón. De todos modos, que el padre de D. se casara con una irlandesa, no respondía tanto a la anglofilia cultivada en la familia, como a la irreprimible atracción genética de todos los hombres de la familia –incluido D. – por las pelirrojas.
Yo conocí esa casa algún tiempo después de la muerte de su padre. D. me había invitado después de la facultad a que me fuera con él a comer algo y mostrarme sus libros. Después de ese iniciático momento, volví muchas veces a esa casa. En general tomábamos una cerveza en la vereda y D. siempre me sometía a su  rechazo a tomar del pico, metiéndose en su casa a buscar dos vasos de vidrio en los que servir. “Para eso nos metíamos” le decía invariablemente mi otro yo joven y pretendidamente insolente, cada vez que me dejaba solo con la botella en vilo, en el vano de la puerta. Al volver con los dos vasos recién enjuagados en la mano, encogía los hombros y se sentaba en el borde de cemento donde estaba amurada la reja verde, mientras yo servia la cerveza en los vasos. Nos quedábamos bastante tiempo ahí, sobretodo en verano. D. en bermudas y mangas de camisa arremangadas. Ahí charlamos por primera vez de libros, de discos. Ahí incluso me ponía música, esos discos que él bajaba y reproducía en los parlantes de su pieza y que se escuchaban desde la calle, si es que había abierto las ventanas para ese propósito. Ahí escuche por primera vez Winds Take No Shape de Call & Response o el Two Way Monologue de Sondre Lerche. El tipo de la garita de seguridad nos miraba fijo, atento, esperando que algún vecino se quejara –algo que nunca pasaba. D. siempre prefirió olvidarse esa vereda, o al menos, no teñirla de todo lo telúrico que tenia, en esos días y esas épocas en Buenos Aires, tomarse una cerveza en la vereda. No era solamente que estuviera “mal” a los ojos de los vecinos remilgados y trasnochados, sino que era algo muy de acá y eso a D. no le cerraba. Supongo que, más de una vez y durante mucho tiempo, D. reprimió las ganas de meterse a tomar el té que su madre servia religiosamente a las cinco y más aún, reprimió las ganas de invitarme a tomarlo con ellos. Lo lamento mucho, me hubiera encantado poder hacerlo. Aunque en esos tiempos –y afortunadamente solamente por unos meses más- yo era uno de esos idiotas al que podría haberle parecido de “careta” sentarse a tomar el té con una irlandesa y su tímido hijo, que leía libros en inglés.



September 5, 2009, 4:17 am
Filed under: epígrafe

Sólo a nosotros, el vulgo, nos está permitido hablar de nosotros, porque si no nadie lo haría.

Chateaubriand. Memorias de ultratumba.



14
August 25, 2009, 1:22 am
Filed under: ficción, habla, memoria, idealismo, pop

D. se había ido de viaje por un arranque de ansiedad. Teníamos veintipico. No tenia laburo, andaba solo y supongo que no se bancaba más (al final siempre supongo acá). Me dejo un mensaje avisando que no iba a estar. A la vuelta, cinco días después, llamo a casa y después de una conversación de lo más habitual sobre el viaje, me dijo: «Estuve en una posada, en un pueblito. El matrimonio que la atiende fueron por un rato el padre y la madre que ya no tengo. Él sobretodo; me charlaba mucho y a mi me fascinaba que fuera inmensamente parecido a John Updike. Había una sola pareja además de mi, alojada ahí: un yuppie wannabe de Córdoba y su novia, una bajista de un grupo porteño que deberíamos conocera. El tipo se fue porque tenía cosas que hacer, pero dejo a la chica ahí. Como no había mucha más gente, terminamos charlando bastante. Era muy hermosa, medio rubia, grandota inclusive te diría, pero bien, esbelta. A veces usaba unos anteojos de marco negro grueso, que desentonaban tanto en ese lugar en el que estábamos, como mis libros en inglés, que ella ya había leído en algunos casos. Inclusive hablándole de un autor que ella no conocía, me corrigió la pronunciación. Me dejo en bolas frente a ese paisaje, sin alientob
Siguió hablando un rato de la mina, efectivamente hipnotizado, e ilusoriamente espere el momento de la historia en que se la cogia. Como en muchos otros casos, D. jamás volvió a ver a esa chica, sin haberle tocado un pelo. Les aseguro que D. ha destrozado corazones y varios, pero o (casi) nunca se dio cuenta o (casi) nunca quiso hacerlo. Me encontré a la chica mucho después, en un estudio de grabación, ella saliendo, yo entrando. Era una época rara con S. y juro que todo lo que había dicho D. de ella era u exagerado o poco, no se bien cuál. A mi también me dejo sin aliento. Hablamos de D. mucho, ella lo recordaba perfecto, con la lejanía del que, lamentablemente, no podía abordar del todo bien ese personaje. Me dijo, en un momento de sorpresiva intimidad, que ella estaba mal con su novio en esa época, pero que no por eso se hubiera acostado con D. A ella también le gustaba. A él nunca pude contárselo.

a Al grupo yo efectivamente lo conocía, los había visto en barracas hacia meses nada más, un día que D. salía con otra gente. Después se hicieron muy conocidos, inclusive ella.

b La anglofilia de D. estaba exacerbada en demasía en esa época, el gesto de la chica no sólo no lo ofendió sino que sello definitivamente su enamoramiento



13
August 22, 2009, 7:37 pm
Filed under: ficción, habla, memoria, idealismo, pop

Tenia una extraña relación con el numero 13. Cuando trabajaba en la New Yorker acomodando papeles, siempre lo fascinaba eso de que en los ascensores no se pudiera marcar el 13, digo, más aún, que los edificios no tuvieran piso 13. Él mismo, en el departamentito que había alquilado cerca de Abingdon Square, tenía en su puerta el número 14, que en realidad era el 13. La misma fobia de estos muchachos hacia el numero, él ya la tenia contagiada: cuando se fue de viaje al Atuel, me contó una historia de uno de sus paseos, por el cañón: «iba medio obnubilado, con el auto solo con el cambio puesto, sin acelerar, por un camino de ripio precario, adentro del cañón. El auto quedo fijo a 13 km/h y me puse un toque paranoico, suponiendo no sé que tragedia. Puse música para olvidarme y para poder ver eso bien. En el stereo del auto sonaron los Kings of convenience, y te juro que la voz de esos noruegos, con la ventanilla completamente abierta, sin ninguna persona alrededor a kilómetros, sonaba con una acústica espacial, como no escuche nada nunca. Increíble. Y vos escuchaste el stereo del auto, es una mierda»
Unos meses atrás, mientras pedí fondos y equipamiento para irme a grabar ahí mismo algunas cosas, no tuve forma de explicar por qué mierda iba a ese páramo a grabar rock…



11
August 15, 2009, 3:08 pm
Filed under: ficción, idealismo, pop

Subía con S. las escaleras del edificio. Era antiguo, cuidado. En lo único que pensaba era en los treinta mil dólares que tenía escondidos en el saco. S. llevaba otros treinta en la cartera.
Tocamos timbre. S. conocía a todo el mundo, se saludo con todas las secretarias, entro a los despachos de los abogados con soltura. Yo quede en el hall, sentado en un sillón viejo tapizado en cuero mientras ella iba y venia. Apareció el escribano, que me conocía de alguna cena en la casa de los viejos de ella, me tuve que parar a saludarlo. Me volví a sentar. Era un departamento enorme, de techos altos, “como ya no se hacen“  se dijeron dos personas mientras se iban.
Sonó mi teléfono. Pedí disculpas, me levante un poco y atendí mientras paseaba por el pasillo. D. me dijo algo incongruente del otro lado, que no entendí bien:
—¿Qué?
—Me estaba acordando de uds. De la canilla que nunca paraba de chorrear, en el baño ¿te acordas de esas cosas?
—¿Qué paso? ¿Te pusiste nostálgico? eso es nuevo en vos.
—No, boludo, es que encontré el poemita ese que escribimos sobre la canilla los dos, medio aburridos en un papelito. Estaba lo suficientemente borracho como para meterlo en el bolsillo del saco y apareció hoy de repente, mientras buscaba otra cosa.
—¿Y estaba muy mal?
—Vos sabes lo que opino de esas cosas…
—Tenés el sentido del ridículo demasiado desarrollado
—¿Ya firmaron?
—Estamos por…
—Que las canillas no chorreen.
—Ya podrás venir a comprobarlo.
Después de decirle esto, me di vuelta y la vi a S. sentada en el sillón, con la pera apoyada en la mano, mirando al vacío…parecía el ángel de la Melancolía de Durero.



87
July 22, 2009, 9:25 pm
Filed under: ficción, idealismo, pop

Fébrero 12, 2042:

Nos enteramos que el biógrafo de D. iba a ser Sergio Lipdic casi al mismo tiempo. Sandra (ahora puedo nombrarla) me llamó y me pregunto que me parecía, dandome a entender, claro, que ya sabia lo que pensaba y que ella pensaba lo mismo que yo. Me quedé un par de segundos impávido. No me llamaba hacía tres meses.
Cuando la figura de D. empezó a cobrar notoriedad a mediados del ‘30, supusimos que la biografía (si es que acaso alguien fuera a publicar alguna) iba a estar escrita por alguno de sus amigos escritores: Gabriel Diulini, Roberto Bernal O’Donnell o Guillermo Bustillo. Ellos que también habían sido compañeros mios en algún tramo de la facultad, sin embargo, jamas expresaron la intención de hacerlo. O’Donnell era la primera opción: conocía a D. casi tanto como nosotros, pero desde que se radico en Brasil corto sus antiguos nexos con Buenos Aires y decía deplorar la historia intelectual en su conjunto. As you wish pensé, cuando corte el videochat que habíamos armado. La cosa quedó en nada. No tenia forma de contactar a Bustillo o Diulini para preguntarles, aunque, de vez en cuando aparecieran en algún lugar común a todos nosotros.
Quién primero me notificó lo de Lipdic fue Gonzalo desde NY. Lipdic lo llamo para pedirle acceso a unos archivos que D. se había dejado en uno de los deptos que compartieron, sin darle muchos mas detalles. Gonzalo ya no los tenia. Se los había mandado a un server que D. abría en el despacho que supo tener en New Haven y no supo si alguna vez volvió a acceder a ellos. Le conté esto a Sandra, que estaba enardecida. Lipdic no trato nunca a D. y D. lo odiaba profundamente, o al menos eso expresaba en las reuniones con gente que teníamos y eso me han dicho algunos de nuestros amigos de esa época (cuando teníamos veintipico). Decir que lo odiaba profundamente es una exageración, en realidad. Lipdic era un poco mayor que nosotros, iba a la facultad y era todo lo contrario a D. Un tipo sin reservas, sin pruritos y con muchas pretensiones. No podía llevarse bien nunca con D., aunque tenían amigos en común y muchos admiraban bastante a Lipdic, a pesar de los comentarios irredentos de D. Que él lo biografiara era inevitable, por otra parte. Iba a “poetizar” la mitad de las cosas, hacer más atractivos los momentos más chatos de su vida (los que había que indagar seriamente) e inventar lo que no supiera. A mi (y esto tuve que explicarle a Sandra) no me asustaba que aparecieran dardos venenosos de ningún tipo. Lipdic ignoraba a D. la mayoría del tiempo, no iba a decir nada de D. por eso era inaceptable que fuera justo él su biógrafo.
Sandra, ignorando mi bloqueo -hace seis meses que no puedo escribir una sola letra, mi disco esta frenado- y este cuaderno, me pidió que me pusiera yo a escribir sobre él, que ya íbamos a encontrar una forma de publicarlo.



12
July 7, 2009, 1:53 am
Filed under: ficción, habla, memoria, idealismo, pop

Interior. Dormitorio. Noche

Suena un teléfono insistentemente en la oscuridad. Se oye el sonido de alguien que descuelga el aparto con voz de dormido y dice:

D —Hola

Del otro lado, una voz familiar, responde:

Daniel —Uh boludo, pensé que estabas despierto escribiendo, volvé a dormir, mañana hablamos.
D —No no, ya fue, igual estoy desvelado.
Daniel —Dale, dormite.
D —Ya no voy a dormir te digo.
Daniel —¿Por qué te desvelaste?
D —Es que soñé. Soñé con vos y con S. Bah, con S no.
Daniel —Una pesadilla.
D —No sé, era loco el sueño. Vos me invitabas a comer afuera. Y yo, no sé por qué, llevaba a una ex compañera de la facultad, Lucia. No creo que te acuerdes de ella. Muy piola, flaca, pelo corto morocho, lindos anteojos, pero por sobretodo muy bonita. Yo la llevaba a ella a un lugar donde íbamos a cenar. No me preguntes por qué ella y no cualquier otra mina. S no aparecía nunca, pero existía, era obvio por mi sorpresa al verte solo. Creo que hasta tenían un hijo, o vos me decías que ella estaba cuidando a un nene. El tema es que cuando entramos al restaurant, de repente entramos a tu casa en realidad, pero no era tu casa. Estábamos en una cocina a todo culo, con una isla en el medio, todo era de acero inoxidable y comíamos cosas muy ricas. Yo notaba que vos y esta piba Lucia hablaban mucho, hasta había una cosa sexual que no sé de donde salió. De repente yo me ponía incomodo y me iba, pero al toque volvía, entraba y salía. En una vuelta que entro a la cocina, ustedes dos ya no están, pero se me aparece una puerta cerrada que antes estaba abierta. Y yo me di cuenta que estaban los dos ahí, atrás de esa puerta. En ese mismo instante que me doy cuenta de eso, me llega un mensaje de texto tuyo al teléfono que dice: “Nos vamos a echar uno nada más, bancanos”. Aparecieron algunas imágenes tuyas con la mina, pero ahí al toque me desperté…no me pude volver a dormir. Siempre asocié a esta piba con su novio de toda la vida además, Lucas. No entiendo por qué te la cogías tan descaradamente.
Daniel —¿querés que lo interprete?
D —No, anda a hacer hermenéutica a otra parte.



10
June 4, 2009, 5:48 pm
Filed under: ficción, idealismo, pop

Habíamos salido a comer los tres, aprovechando que D. se iba a quedar un tiempo más. Charlamos como siempre, como si él nunca se hubiera ido, S. se moría de risa con D. que lograba hacerla reír casi solamente a ella y a mi. No era un tipo gracioso, o más bien, no quería ser gracioso, pero tenia una veta así que cuando se relajaba, cuando apagaba un poco ese mecanismo de defensa complejisimo que tenia, era muy gracioso. En un momento de risa S. pidió que saliéramos del restaurant y camináramos hasta el cabaret que había a una cuadra. No me acuerdo como se llamaba, ella sabía. D. estaba tomando agua en la copa y casi escupe todo, yo casi me atraganto con el helado. S. estalló en risas y nos agarro para que nos fuéramos. Pagó ella (era la única imposición “me llevan a donde quieran a comer, pero me dejan pagar“) con su Amex dorada y salimos. Era un otoño fresco, caminamos por la calle con nuestros abrigos, todavía riéndonos de algo que había dicho S. D. y yo no sabíamos que esperar o justamente, sí sabíamos que esperar, por eso nos preocupaba S. que (pensábamos) no sabia donde se metía. Ella encaro a los tipos de la puerta, ella arreglo el precio de la entrada, ella nos hizo pasar. Todo así, en un minuto. Entramos. Era martes a la madrugada, estaba casi lleno. Alrededor de 70 minas todas casi en bolas, revoloteaban por ahí. La mayoria estaban “más buenas que la vacaciones” segun le dije a D. Él asintió. Yo estaba más incomodo todavía que D. Yo entraba con mi novia de años ahí. D. me miraba raro. Nos sentamos en la barra, justo abajo de un caño donde bailaba una rubia especialmente linda, a la que S. no le saco la vista de encima. Saco de la billetera casi todos los billetes chicos, nos dio un par a cada uno y se quedo con el resto. Estábamos los dos, uno a cada costado de ella. Hablabamos, ella se reía mucho y nos daba billetes chicos cuando se nos acababan. La stripper se llevo una muy buena propina, se los ponia en el liguero, en el bretel, en la bombacha. A D. y a mi, cada tanto, se nos acercaba una de estas chicas, que al fin y al cabo de esto trabajaban y siempre se interponía S. Nos agarraba del brazo, hablaba con la chica y le hacia preguntas sobre cuanto cobraba, si hacía mucho que estaba en esto. Cuando la mesera se acercaba y preguntaba “quiere invitarle una copa a la srta.?” S. lo miraba a D. y le volvía a preguntar lo mismo, sacando la billetera. D. decía invariablemente que no. Intuyo que quería pasar antes con la mesera (que era mucho más de nuestro estilo) que con las tremendas chicas que se acercaban. Una de las tantas chicas que se acercó, después de un rato de charla, le dijo a S. tocandole la mejilla, que les hacia descuento si ella iba con ellos. Escuche todo esto pasmado, tomando el whisky que me sirvieron. D. me miró de reojo, entre risas y espanto y S. toda colorada le dijo: “me encantaría, pero hoy vine con alguien” y se me acerco y me dio un beso raro, con mucha lengua, como casi nunca me daba. D. le dijo gracias y la chica se fue. S. se dio vuelta, no encontró a la chica y le dijo a D: “la despachaste!“. D. la agarro, la trajo contra sí y le dijo algo al oído. S. se rió pero no con fuerzas, sino queriendo enseriarse. Le dijo: “Bueno, dale” y salimos, ella tomada de los brazos de cada uno de nosotros, al frío de la calle.