La primer maestra que recuerdo del colegio fue Miss Caroline. Tenia 7 años y fue nuestra maestra desde 2do año hasta 4to. No me acuerdo detalles de su vida, salvo que había nacido y sido criada en algún país británico, que hablaba un castellano casi te diría chapuceado y que tenia el pelo más hermoso que yo le haya visto nunca a una mina. Era un poco pajizo, levemente descuidado pero de un color castaño rojizo sorprendente, casi que nunca más vi ese color de pelo en mi vida -la misma descripción vale palabra por palabra, para describir el color de pelo de D. Entendámoslo: él no podía, bajo ninguna circunstancia, notar esos detalles.
Por supuesto, era linda, pero con 7 años uno (o al menos yo) no me fijaba ni en el culo ni en las tetas de una mina. Era linda en otros términos, iluminada, si querés. Miss Caroline marco a fuego mi preferencia por un tipo determinado de mujeres. Las maestras de inglés, se entiende, siempre tuvieron un lugar privilegiado en mi cosmovisión, no sólo porque desempeñaban un tarea a todas luces notable -enseñarle inglés a alguien- sino que además todas eran como una referencia, una cita al pie a Miss Caroline, que aún hoy, casi entrando a los 30 años, sigue ahí, guiándome.
Hoy no sé que será de la vida de ella. Probablemente se haya ido en el 2001, o incluso antes. Ya debe tener 50 o más. Sin embargo, aún hoy la recuerdo de veintipico, en las charlas que tenia con mi mama a la salida del colegio, cuando mamá todavía podía sostener esas situaciones, cuando todavía estaba “presentable”. Hablaban las dos, esas dos coloradas, una que tenia en mi casa, y la otra que tenia afuera, las dos únicas minas que yo podía tratar con soltura, sin la tensión del miedo a lo desconocido. Yo no era como Seymour Glass, que veía a una nena linda y de tanta belleza, tenia que tirarle un piedrazo en la cabeza para deshacer ese cuadro demasiado hermoso. A mi me daban bastante miedo, pero por sobretodo, vergüenza. Yo me limitaba a correr la cara, a irme, a dejar de mirar. Con mis amigos también me pasaba, pero como éramos todos pibitos y se ve que tampoco tengo una tendencia tan inclinada a lo soledad, me veía forzado a interactuar, a tratar de aprender a jugar al futbol, aunque no me gustara. El estereotipo de la gente como yo, en general, es gente que no tuvo nunca amigos y sin embargo yo tuve muchos, siempre. Se ve que pude desarmar eso, quien sabe, eso sí, en detrimento de que otra cosa que…me anda haciendo falta
D. tenia un amigo psiquiatra. Alguien que yo vi pocas veces, un hijo de gallegos que había ido al colegio inglés donde fue todo ese grupo de gente y que se siguió viendo con D. mucho tiempo. Se llamaba Nicolás y según pude averiguar, llego a ser jefe del servicio de Psicopatología del hospital Ramos Mejia. Él fue el que le receto los ansiolíticos a D. cuando teníamos 27, 28 años. Yo fui el que le pregunte al tipo si sabia lo que hacia.
Este Nicolás, por su parte, era un espécimen raro en ese colegio, o al menos así lo entendí según las anécdotas que D. contaba sobre las compañeritas de colegio que se cogia este pibe. El colegio inglés de Flores era como el reducto de todos aquellos padres angloparlantes que no podían llevar a sus hijos al colegio inglés oficial (el que estaba en Barrancas de Belgrano) y que optaban por este que era más barato, más cerca de sus casas y que permitía que sus hijos mantuvieran cierto apego con lo anglo, sin contaminarse con la aristocracia inglesa que merodeaba Buenos Aires. Para decirlo claro, era un colegio lleno de hijos de irlandeses y escoceses. De hecho, las tres mejores amigas de D. del secundario eran tres coloradas (estuvo, según me contó, intermitentemente y secretamente enamorado de cada una de ellas) que eran dos de ellas escocesas (Mc algo) y una de ellas irlandesa (O’ algo). Nicolás no solo salió con estas tres chicas, cuando tenían algo así como 16 o 17 años, sino que desvirgo a una de ellas (Julia, que me pidió que preservara su identidad, y por eso elegí ese nombre tan empalagoso). Todo esto a instancias de D. que –hasta donde tengo entendido- disfrutaba ayudándolo. Alguna vez, una de ellas me contó que borrachos y en una fiesta (debían pasar por sus primeras borracheras) D. le confeso que a él le interesaba más Nicolás como personaje que otra cosa.
Alguna vez pude hablar de este tal Nicolás con D. y la explicación fue sencillamente encantadora. D. tenia estos momentos de mundanidad, donde se despojaba de su extrema sensibilidad y podía contarte algo tal como era:
“Nico cogia todo lo que quería en el colegio. Escuchame, los pibes –salvo él- éramos todos medio grandotes, coloradotes, robustos hijos de la gran bretaña de principios de siglo. Estas chicas, todas con su auburn hair, sacadas de un cuadro de un pintor prerrafaelista, lo único que no querían es una versión un poco más actualizada de sus viejos, que todavía hoy se sientan y se emborrachan con Guiness para olvidarse de los quilombos. Morían por un morochito petiso, pintón, entrador y encima con apellido gallego. Como no iba a coger. Lo misterioso es como debutamos todos los otros ahí, en ese ambiente”
A ese tipo, y no al canon de la literatura angloparlante de finales de siglo XX, le debemos las mejores paginas de D.
En general uno cree que todos los tipos tenemos más o menos las mismas cosas claras, que a cierta edad, ciertos comportamientos para con el sexo opuesto fueron incorporados de alguna u otra forma, por todos. D. era de esos que desafiaban, con su sola actitud, esa creencia. Mil veces por mi cabeza rondo la posibilidad de “ayudar” a D. con su tema con las mujeres. No porque sintiera que necesitara ayuda, cosa que de sólo intentarla lo hubiera espantado de forma atroz, sino porque notaba, quizá ingenuamente, que él podía ser mucho más feliz de lo que era, si acaso estuviera con alguien. Como conté ya, conocí a una sola de sus novias. Él mismo confesaba que no habían sido más de tres o cuatro, de poco tiempo. Pero no hablaba de eso, no quería hablar de eso. Aun borracho, cuando –como todo el mundo- se ponía un poco más verborrágico, tampoco sacaba este tema. Hablábamos de muchos otros e incluso me decía cosas prudentes y acertadas alrededor de alguna pelea que tenia con S. o incluso antes, cuando me pasaba algo con una mina. Pero no podía hablar de él, y mucho menos pedir consejos. Tampoco mi otro yo joven y distraído entendía demasiado toda esta dinámica. Los que conocimos –bien- a D. podemos dar cuenta de esa atracción ineludible que generaba, sólo se producía en algunos pocos de nosotros, generalmente los que lo habíamos tratado durante mucho tiempo. Y sobretodo hombres. D. no tenia muchas amigas mujeres y muchas de nuestras amigas y conocidas, al nombrarlo ocasionalmente, o lo ignoraban o les parecía un boludo, un tipo del que no valía la pena ni detenerse a charlar. Incluso después, cuando ya circulaba parte de su obra, eran sobretodo hombres los que se me acercaban a hablar del tipo, de sus publicaciones y eso. Conocí muy pocas lectoras de D., si acaso hay alguna ahí afuera, mucho me gustaría que saliera al mundo a contarle que alguna vez D. existió.
De hecho, recuerdo un momento muy extraño que viví con D. alrededor de esto: era mediodía, poco tiempo después de que se le hubiera muerto la madre. Había ido a la casa a verlo como estaba, a ayudarlo a acomodar y terminar de liquidar las cosas de su madre (si acaso tuviera alguna empatía con la alquimia y los hechizos del brujo vienés, podría decir que ella es la culpable de todo esto. Me rehúso a caer tan bajo). Él estaba sentado en el piso, con la notebook apoyada en la mesa ratona. Me hizo sentar en un almohadón al lado de él, mientras iba a buscar algo de tomar y acomodar algo. A esa altura yo ya me movía con comodidad por la casa, sin pruritos. Como D. tardaba, me puse a curiosear en la compu, solo para caer en el pdf que había abierto en la pantalla: un informe de 224 págs. Tamaño A4, escrito en inglés, con el redundante titulo de Mysthery Method. El informe era una larguísima y compleja guía de seducción donde se repasaba no solo la actitud de las mujeres, sino tácticas, estrategias y todos los artilugios que a uno se le ocurran para conquistarlas. Es cierto que no era un informe burdo, era más bien cuidado, como para formar tipos atrayentes, pero no seductores desbocados, cogedores de 3 minas por noche, ni esas aberraciones que circulan entre nuestros pares. Eran, en gran medida, todas cuestiones intuitivas, que yo ya sabia, pero que nunca había visto escritas y expresadas así, como para enseñárselas a otro. Inmerso en la lectura, escuche los pasos de D. Entre en pánico y sólo se me ocurrió cerrar el archivo, para inmediatamente darme cuenta que en cuanto me fuera y D. fuera a resumir la lectura iba a encontrar el archivo cerrado y la prueba irrefutable de que había visto lo que estaba leyendo. Me invadió una tremenda vergüenza, pero más aún, el miedo de que a partir de esto, D. cambiara su actitud conmigo. Todo esto en el segundo que le tomo a D. poner dos posavasos en la mesita y apoyar los dos vasos de cerveza helados, mientras se sentaba en el piso.
Se había olvidado un cuaderno en mi casa, la que mis viejos me habían alquilado (y que, pasado un tiempo, empecé a mantener solito) en Flores, sobre la calle Bonorino, casi esquina José Bonifacio. Fue en la primera época de nuestra amistad, a un año y medio o dos de conocernos. No pude, como con muchas otras de sus cosas, reprimir el deseo de abrirlo. Era un cuaderno grande, con tapas de hule negro, muy prolijo. La letra de D. era de esas prolijamente desprolijas, levemente inclinadas, casi como en bastardillas. Ahí descubrí, al abrirlo, que D. tomaba hojas y hojas de apuntes en la facultad, pero que también escribía, no sólo un diario –bastante chato-, sino cosas sueltas, que hasta ese momento me parecían sacadas de cualquier contexto en el que me lo pudiera imaginar. Fue ahí, por primera vez, que cai en la cuenta que D. escribía, que tenia o pensaba un mundo que no se correspondía con su exterioridad, que a esa altura creía ilusoriamente haber conocido por completo. Se me apareció de repente un mundo completamente nuevo y extraño, enteramente ajeno pero con un leve rumor a algo conocido en el fondo, casi como un deja vu. D. tenia eso que no encontré nunca en nadie más, esa sensación de que eso que vertía a la letra, ya había sido escrito en alguna otra parte, pero que la referencia se había perdido, que no existía un original al que remitirse. Casi como si el tipo tuviera acceso a una parte del mundo que a nosotros nos estaba vedada. Nunca se me ocurrió pensar a D. como un creador de la nada, un genio de la imaginación, siempre lo suyo me pareció, más bien, una copia estilizada y denodada de algo a lo que nosotros, todos los demás, no tuvimos ni tendremos acceso nunca.
Cuando cerré el cuaderno, esa primera vez, también borre algunas preconcepciones que tenia de él. Ya no me parecía un chico medio inocentón, tímido e inseguro. Me di cuenta, más bien, que era alguien con un secreto, que quizás hasta le daba un poco de miedo. Estaba seguro, desde ahí, que D. escondía algo con celosía.
Debería, en algún momento –y ningún momento es más propicio que otro para empezar a contar esto desde el principio– reponer algo de la vida de D. No pretendo ser su biógrafo, no. Pero al menos quisiera que alguien lo entendiera un poco, aún ahora.
D. nació hace 38 años, en una clínica del barrio de Flores que ya no existe –o que al menos ya no está emplazada donde solía estarlo. Su papá, que vivió muchos menos años de los que hubiera debido, victima de un ataque al corazón justo cuando estaba debajo de las inquietas caderas de su secretaria de turno, era nieto de italianos llegados a Buenos Aires vaya uno a saber cómo. Su mamá, de origen irlandés, lo sobrevivió algunos años.
Todos los años que vivió acá, D. los pasó en la casa de sus padres sobre la calle Nicolás E. Videla, entre Valle y Antonino M. Ferrari. Era una casa inglesa, emplazada en 6 u 8 manzanas que parecían transplantadas de algún suburbio londinense. La anglofilia de D. –que en el fondo nos atraía tanto a todos y que es tan mentada aquí– tiene algo de su origen en la energía que D. debe haber chupado viviendo en ese barrio, rodeado de esas vecinas, ex “institutrices inglesas” de gente importante. Su abuelo, que compró la casa cuando ese barrio recién se armaba, ya dejaba entrever el interés de la familia por lo anglosajón. De todos modos, que el padre de D. se casara con una irlandesa, no respondía tanto a la anglofilia cultivada en la familia, como a la irreprimible atracción genética de todos los hombres de la familia –incluido D. – por las pelirrojas.
Yo conocí esa casa algún tiempo después de la muerte de su padre. D. me había invitado después de la facultad a que me fuera con él a comer algo y mostrarme sus libros. Después de ese iniciático momento, volví muchas veces a esa casa. En general tomábamos una cerveza en la vereda y D. siempre me sometía a su rechazo a tomar del pico, metiéndose en su casa a buscar dos vasos de vidrio en los que servir. “Para eso nos metíamos” le decía invariablemente mi otro yo joven y pretendidamente insolente, cada vez que me dejaba solo con la botella en vilo, en el vano de la puerta. Al volver con los dos vasos recién enjuagados en la mano, encogía los hombros y se sentaba en el borde de cemento donde estaba amurada la reja verde, mientras yo servia la cerveza en los vasos. Nos quedábamos bastante tiempo ahí, sobretodo en verano. D. en bermudas y mangas de camisa arremangadas. Ahí charlamos por primera vez de libros, de discos. Ahí incluso me ponía música, esos discos que él bajaba y reproducía en los parlantes de su pieza y que se escuchaban desde la calle, si es que había abierto las ventanas para ese propósito. Ahí escuche por primera vez Winds Take No Shape de Call & Response o el Two Way Monologue de Sondre Lerche. El tipo de la garita de seguridad nos miraba fijo, atento, esperando que algún vecino se quejara –algo que nunca pasaba. D. siempre prefirió olvidarse esa vereda, o al menos, no teñirla de todo lo telúrico que tenia, en esos días y esas épocas en Buenos Aires, tomarse una cerveza en la vereda. No era solamente que estuviera “mal” a los ojos de los vecinos remilgados y trasnochados, sino que era algo muy de acá y eso a D. no le cerraba. Supongo que, más de una vez y durante mucho tiempo, D. reprimió las ganas de meterse a tomar el té que su madre servia religiosamente a las cinco y más aún, reprimió las ganas de invitarme a tomarlo con ellos. Lo lamento mucho, me hubiera encantado poder hacerlo. Aunque en esos tiempos –y afortunadamente solamente por unos meses más- yo era uno de esos idiotas al que podría haberle parecido de “careta” sentarse a tomar el té con una irlandesa y su tímido hijo, que leía libros en inglés.
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Sólo a nosotros, el vulgo, nos está permitido hablar de nosotros, porque si no nadie lo haría.
Chateaubriand. Memorias de ultratumba.
D. se había ido de viaje por un arranque de ansiedad. Teníamos veintipico. No tenia laburo, andaba solo y supongo que no se bancaba más (al final siempre supongo acá). Me dejo un mensaje avisando que no iba a estar. A la vuelta, cinco días después, llamo a casa y después de una conversación de lo más habitual sobre el viaje, me dijo: «Estuve en una posada, en un pueblito. El matrimonio que la atiende fueron por un rato el padre y la madre que ya no tengo. Él sobretodo; me charlaba mucho y a mi me fascinaba que fuera inmensamente parecido a John Updike. Había una sola pareja además de mi, alojada ahí: un yuppie wannabe de Córdoba y su novia, una bajista de un grupo porteño que deberíamos conocera. El tipo se fue porque tenía “cosas que hacer“, pero dejo a la chica ahí. Como no había mucha más gente, terminamos charlando bastante. Era muy hermosa, medio rubia, grandota inclusive te diría, pero bien, esbelta. A veces usaba unos anteojos de marco negro grueso, que desentonaban tanto en ese lugar en el que estábamos, como mis libros en inglés, que ella ya había leído en algunos casos. Inclusive hablándole de un autor que ella no conocía, me corrigió la pronunciación. Me dejo en bolas frente a ese paisaje, sin alientob.»
Siguió hablando un rato de la mina, efectivamente hipnotizado, e ilusoriamente espere el momento de la historia en que se la cogia. Como en muchos otros casos, D. jamás volvió a ver a esa chica, sin haberle tocado un pelo. Les aseguro que D. ha destrozado corazones y varios, pero o (casi) nunca se dio cuenta o (casi) nunca quiso hacerlo. Me encontré a la chica mucho después, en un estudio de grabación, ella saliendo, yo entrando. Era una época rara con S. y juro que todo lo que había dicho D. de ella era u exagerado o poco, no se bien cuál. A mi también me dejo sin aliento. Hablamos de D. mucho, ella lo recordaba perfecto, con la lejanía del que, lamentablemente, no podía abordar del todo bien ese personaje. Me dijo, en un momento de sorpresiva intimidad, que ella estaba mal con su novio en esa época, pero que no por eso se hubiera acostado con D. A ella también le gustaba. A él nunca pude contárselo.
b La anglofilia de D. estaba exacerbada en demasía en esa época, el gesto de la chica no sólo no lo ofendió sino que sello definitivamente su enamoramiento
Tenia una extraña relación con el numero 13. Cuando trabajaba en la New Yorker acomodando papeles, siempre lo fascinaba eso de que en los ascensores no se pudiera marcar el 13, digo, más aún, que los edificios no tuvieran piso 13. Él mismo, en el departamentito que había alquilado cerca de Abingdon Square, tenía en su puerta el número 14, que en realidad era el 13. La misma fobia de estos muchachos hacia el numero, él ya la tenia contagiada: cuando se fue de viaje al Atuel, me contó una historia de uno de sus paseos, por el cañón: «iba medio obnubilado, con el auto solo con el cambio puesto, sin acelerar, por un camino de ripio precario, adentro del cañón. El auto quedo fijo a 13 km/h y me puse un toque paranoico, suponiendo no sé que tragedia. Puse música para olvidarme y para poder ver eso bien. En el stereo del auto sonaron los Kings of convenience, y te juro que la voz de esos noruegos, con la ventanilla completamente abierta, sin ninguna persona alrededor a kilómetros, sonaba con una acústica espacial, como no escuche nada nunca. Increíble. Y vos escuchaste el stereo del auto, es una mierda»
Unos meses atrás, mientras pedí fondos y equipamiento para irme a grabar ahí mismo algunas cosas, no tuve forma de explicar por qué mierda iba a ese páramo a grabar rock…
Subía con S. las escaleras del edificio. Era antiguo, cuidado. En lo único que pensaba era en los treinta mil dólares que tenía escondidos en el saco. S. llevaba otros treinta en la cartera.
Tocamos timbre. S. conocía a todo el mundo, se saludo con todas las secretarias, entro a los despachos de los abogados con soltura. Yo quede en el hall, sentado en un sillón viejo tapizado en cuero mientras ella iba y venia. Apareció el escribano, que me conocía de alguna cena en la casa de los viejos de ella, me tuve que parar a saludarlo. Me volví a sentar. Era un departamento enorme, de techos altos, “como ya no se hacen“ se dijeron dos personas mientras se iban.
Sonó mi teléfono. Pedí disculpas, me levante un poco y atendí mientras paseaba por el pasillo. D. me dijo algo incongruente del otro lado, que no entendí bien:
—¿Qué?
—Me estaba acordando de uds. De la canilla que nunca paraba de chorrear, en el baño ¿te acordas de esas cosas?
—¿Qué paso? ¿Te pusiste nostálgico? eso es nuevo en vos.
—No, boludo, es que encontré el poemita ese que escribimos sobre la canilla los dos, medio aburridos en un papelito. Estaba lo suficientemente borracho como para meterlo en el bolsillo del saco y apareció hoy de repente, mientras buscaba otra cosa.
—¿Y estaba muy mal?
—Vos sabes lo que opino de esas cosas…
—Tenés el sentido del ridículo demasiado desarrollado
—¿Ya firmaron?
—Estamos por…
—Que las canillas no chorreen.
—Ya podrás venir a comprobarlo.
Después de decirle esto, me di vuelta y la vi a S. sentada en el sillón, con la pera apoyada en la mano, mirando al vacío…parecía el ángel de la Melancolía de Durero.
Fébrero 12, 2042:
Nos enteramos que el biógrafo de D. iba a ser Sergio Lipdic casi al mismo tiempo. Sandra (ahora puedo nombrarla) me llamó y me pregunto que me parecía, dandome a entender, claro, que ya sabia lo que pensaba y que ella pensaba lo mismo que yo. Me quedé un par de segundos impávido. No me llamaba hacía tres meses.
Cuando la figura de D. empezó a cobrar notoriedad a mediados del ‘30, supusimos que la biografía (si es que acaso alguien fuera a publicar alguna) iba a estar escrita por alguno de sus amigos escritores: Gabriel Diulini, Roberto Bernal O’Donnell o Guillermo Bustillo. Ellos que también habían sido compañeros mios en algún tramo de la facultad, sin embargo, jamas expresaron la intención de hacerlo. O’Donnell era la primera opción: conocía a D. casi tanto como nosotros, pero desde que se radico en Brasil corto sus antiguos nexos con Buenos Aires y decía deplorar la historia intelectual en su conjunto. As you wish pensé, cuando corte el videochat que habíamos armado. La cosa quedó en nada. No tenia forma de contactar a Bustillo o Diulini para preguntarles, aunque, de vez en cuando aparecieran en algún lugar común a todos nosotros.
Quién primero me notificó lo de Lipdic fue Gonzalo desde NY. Lipdic lo llamo para pedirle acceso a unos archivos que D. se había dejado en uno de los deptos que compartieron, sin darle muchos mas detalles. Gonzalo ya no los tenia. Se los había mandado a un server que D. abría en el despacho que supo tener en New Haven y no supo si alguna vez volvió a acceder a ellos. Le conté esto a Sandra, que estaba enardecida. Lipdic no trato nunca a D. y D. lo odiaba profundamente, o al menos eso expresaba en las reuniones con gente que teníamos y eso me han dicho algunos de nuestros amigos de esa época (cuando teníamos veintipico). Decir que lo odiaba profundamente es una exageración, en realidad. Lipdic era un poco mayor que nosotros, iba a la facultad y era todo lo contrario a D. Un tipo sin reservas, sin pruritos y con muchas pretensiones. No podía llevarse bien nunca con D., aunque tenían amigos en común y muchos admiraban bastante a Lipdic, a pesar de los comentarios irredentos de D. Que él lo biografiara era inevitable, por otra parte. Iba a “poetizar” la mitad de las cosas, hacer más atractivos los momentos más chatos de su vida (los que había que indagar seriamente) e inventar lo que no supiera. A mi (y esto tuve que explicarle a Sandra) no me asustaba que aparecieran dardos venenosos de ningún tipo. Lipdic ignoraba a D. la mayoría del tiempo, no iba a decir nada de D. por eso era inaceptable que fuera justo él su biógrafo.
Sandra, ignorando mi bloqueo -hace seis meses que no puedo escribir una sola letra, mi disco esta frenado- y este cuaderno, me pidió que me pusiera yo a escribir sobre él, que ya íbamos a encontrar una forma de publicarlo.
