Bienpensante


8
May 10, 2009, 9:10 pm
Filed under: ficción, idealismo, pop

Era la primera vez que venia a casa desde que habíamos convenido tácitamente que no lo grabara más con la cámara. S. había salido con unas amigas y para olvidarme por un segundo de los celos que me invadían, lo había invitado para que cenáramos y charláramos un poco. El venia porque quería contarme cosas, los dos lo sabíamos, a mi me distraía escucharlo quejarse, sufrir y a él le hacia bien sacarse eso de encima. Nunca hablamos explícitamente de nuestras reuniones, no hacia falta. Era muy natural para los dos, nos juntábamos a comer, la dinámica se disparaba sola.
Ese día estaba medio aturdido, pero bien, felizmente aturdido diría:
Sabes que paso algo raro eh. Se me acerco alguien el otro día, una amiga, una conocida de hace tiempo, muy piola. De esa gente que quisieras ver más seguido porque sospechas que piensan lo mismo que vos sobre esas cosas que no se puede hablar abiertamente porque te miran como si fueras un loco, un delirante, o peor, un loser. Se me acerco en el hall de una oficina de una editorial, nos cruzamos de casualidad. Yo esperaba sentado en un sillón de tres cuerpos, tenía un libro en la mano que acababa de decidir no terminar de leer, tenia el piloto puesto todavía. Se sentó al lado mío, también con un piloto puesto y el pelo largo ese colorado que tiene, medio recogido, como si le incomodara. Hablamos dos minutos de nuestras vidas, como iba todo, su novio, mi perpetua solteria, el laburo y eso. De repente, me miro y me dijo:
—Sabes que somos parecidos vos y yo. Tenemos como algo en común. Creo que vos entenderías alguno de mis mambos, de mis inseguridades. A veces me siento una loca, una delirante por mis ansiedades y esas cosas, y por lo que leí tuyo, esos cuentos medio autobiográficos que tenés, creo que me entenderías.
Tenés que entender que salio muy natural la charla, no era absolutamente desubicado lo que me decía. O por lo menos a mi no me sonó así. Estaba evidentemente desinhibida, sí, pero fue natural la cosa. Me quede quieto, sorprendido, pero mantuve el semblante, la miraba fijo a los ojos, siempre, siempre. Tenía los brazos apoyados en las rodillas y sólo atine a decirle que yo también creía que éramos parecidos. Quisiera haberle dicho algo más, porque tengo la leve sensación de que se fue incomoda, como pensando que me había confesado algo demasiado fuerte (quizás lo era) y que yo lo había tomado a la ligera. No sólo no lo tome a la ligera, sino que estuve pensando en eso dos o tres días seguidos, arrepintiéndome de no haberle dicho que yo también pensaba así. Que yo también era inseguro, que yo también me sentía un loco y que no podía hablar con nadie de eso”.
“¿Y yo qué?” le pregunte instintivamente, casi sin darme cuenta. Me respondió rapidísimo, segurísimo:
“Con vos es otra cosa D. la nuestra es una soledad a dúo, ya lo sabemos (era una referencia a Nietzsche que me había tirado hacia un tiempo largo por primera vez y que yo desde el principio insinúe entender, aunque secretamente tuve que googlear el concepto para saber de que se trataba: parece que después de descubrir a Spinoza y su filosofía, Nietzsche dijo: “mi soledad es ahora al menos una soledad a dúo”). Vos me entendes antes de que tenga cosas que merezcan ser entendidas. Pasa por otro lado, lo mismo, pero por otro lado.
Ella es una conocida, alguien que me cae muy bien, pero que veo poco, y sin embargo cada vez que charlo con ella, siento que tiene el mismo horizonte que el mío. Pensamos distinto en un montón de cosas, seguro. Pero lo vemos todo con el mismo prisma. Creo que la sensibilidad es la misma ¿se entiende?”.
En el mismo instante que termino de preguntarme, se abrió la puerta y entro S. con bolsas en la mano. Dejo todo en el sillón del living y se acerco hasta donde estábamos comiendo, sentados en el piso casi a oscuras, con la pizza sobre la mesa ratona. Se puso en cuclillas al lado de D. lo miro un segundo largo fijo, le dio un sonoro beso en la mejilla y le pregunto cómo estaba. D. sonriente le dijo que muy bien, por suerte. Inmediatamente me miro a mí, que estaba del otro lado de la mesita ratona, también como ellos a la altura del piso, me hizo el gesto de un beso, largo, sin vergüenza, con los ojos cerrados. Después se cruzo de brazos, todavía en cuclillas mientras los ponia sobre las rodillas. Al mismo tiempo, me preguntaba: ¿y vos, cómo andas?


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