Bienpensante


20
December 24, 2009, 6:48 pm
Filed under: ficción, idealismo, pop

D. la conoció en diciembre, en pleno calor porteño. No era una de esas chicas de las que se enamoraba perdidamente, que lo embelesaban. Sino la hubiera mencionado. No supe de su existencia, de la existencia de la relación entre ambos, hasta cinco años después de que todo se acabara. Ella nunca apareció en nada de lo que él escribía.
¿viste esa gente que aprende a dominar su espanto y lo convierte en una suerte de suspiro triste y resignado? Así era D. Y uno, aunque pretendidamente supiera todo del tipo, no podía descifrar detrás de esa cara melancólica, el horror más absoluto. D. nunca supo manejarlo. Le pasaron cosas con ella que le pasan a adolescentes (tener que ir a comprar la pastilla del dia después), en sus primeras salidas. Todo para D. era una novedad. Las personas que lo vieron con ella, que supieron conocer al tipo en su complejidad, lo veían apagado, incluso hecho un boludo en esa época. D. era después de todo, humano. Yo no estuve al tanto y cuando me entere, cinco años después, cuando una noche en una de mis visitas relámpago a su depto de 2×2 de Boston me contó lo que pudo, lo que le había pasado, lo mucho que la quiso, la inseguridad de la novedad de que alguien lo abrasara cariñosamente mientras dormía, la insistencia de cierto pensamiento catastrófico en torno a ellos y el desenlace final, absolutamente trágico para él, cotidiano en la novela de las 2 de la tarde, me di cuenta de la cantidad de cosas que el tipo se estaba guardando. Esos papeles que yo había espiado hacía unos años, en mi casa, venían de un magma de cosas completamente inasible para todos nosotros y que él, lentamente, despacito, iba desmenuzando y repartiendo por ahí, en lo que escribía.
Como D. nunca supo que hacer con eso, como manejarlo, tuvo que recurrir al teclado para liberarse. Desandar todos esos días, absolutamente felices pero caducos, para poder entenderse, aunque sea dos minutos así mismo.
Hoy sentado acá, frente a una ventana, recién venido del baño donde me encontré mis primeras canas en el pelo, a punto de cumplir 43 años, mucho tiempo después de todo esto que cuento y que voy a contar, me doy cuenta que escribo solo para él, para que él se entienda.


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