Bienpensante


21
January 11, 2010, 1:07 am
Filed under: ficción, habla, memoria, idealismo, pop

Hagamos uso, por un segundo, de nuestro acervo infinito (horas y horas frente a la pantalla) de cultura pop : ¿se acuerdan de ‘Friends’? bueno, yo sospecho que, aunque completamente convencido que era Ross, D. era, a todas luces, el Chandler de su grupo de amigos. La mayoría de uds. no van a entender a que me refiero. Mejor así.
Había un rasgo en D. que la mayoría de los tipos que hablaron alguna vez de él se obstinaron en ocultar: su humor. Es bastante complejo de explicar, tengo mi teoría al respecto, pero es larga y, por ahora, no me sale escribirla.
Si puedo, en cambio, reponer la negación con la que algunos de sus amigos sobrellevaban algunas de las opiniones de D. Para decirlo simple, el contexto mundial matizado por su propia historia personal, había llevado a D. a la inevitable senda del abogado del diablo. Recuerdo una discusión bastante álgida, en la que D. se enojo mucho (sin expresarlo, claro está) por algunas cosas que se decían en torno a los yankees. Alguien le dijo, por ejemplo, que NY no era EE.UU. Que eran dos cosas distintas. Una afirmación a todas luces controvertida para empezar a decir algo y que incluso a mi, que como estaba ahí de invitado secundario, de “amigo de” y no me metía, me pareció atrozmente reduccionista, que se perdía justamente el matiz interesante de los tipos, que son las dos cosas a la vez, y no sólo el rígido conservadurismo redneck, horizonte por sobre el que esta gente no podía (no quería) mirar. D. no pudo expresar esto. Lo vi gesticular, incluso patalear. Lo de D. era la letra escrita, sentarse detrás del teclado con tiempo para asentar las ideas. Retóricamente, en una discusión al paso, se deshacía. Incluso se decian entre ellos, sus interlocutores:
-Nah, no puedo creer que dice eso. Lo hace para provocar, no puede decir eso.
Pero era gracioso, infinitamente humorístico, cáustico. Incluso la gente con la que discrepaba (y que al final de la discusión, sospecho, se quedaban con la idea que decía solamente boludeces) reía a carcajadas. Si se reían de él o con él no importa demasiado, porque no obtura la parte performática que tenían esos arranques de D. El tipo elegía situarse ahí (lugar que lo incomodaba profundamente, recuerdo de esa vez en especifico el viaje de vuelta, largo, en el que me dijo algunas cosas al oído, aún manijeado con la conversación). Obturaron la parte humorística del asunto, porque así allanaron el camino para reducirlo sencillamente a un provocador que decía cosas controvertidas y que no le daba el piné para sostenerlas, o a un boludo a secas, que opinaba lo que no había que opinar. Así era mucho más fácil, no había que ponerse a pensar ni laburar. Esos fueron los que no entendieron absolutamente nada. Esos son los tipos que hoy hablan de D.


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