Bienpensante


23
January 26, 2010, 9:24 pm
Filed under: ficción, habla, memoria, idealismo

Siempre me intrigaron mucho las cosas que atravesaban la cabeza de D. al momento de irse a dormir. Se quedaba largo rato despierto, ya acostado en la cama, con una tenue luz o con la luz apagada, mirando el techo, esperando que le viniera sueño.
No sé en que pensaba, yo que pretendo saberlo todo de él, también tengo zonas vedadas. Cuando era adolescente pensaba que iba a llegar un momento en que iba a entender todo, que la realidad en su conjunto me iba a ser accesible y ese día iba a poder decir que era adulto. Tardé y crecí para darme cuenta que no. Y aún hoy, caprichosamente, me lamento de no saberlo todo. Y tampoco es que quisiera saberlo todo en un sentido así, universal y cosmológico. Quisiera saberlo todo de algunas cosas, de alguna gente, de D. específicamente.
Dormir era algo muy importante para D. Dormía como 11, 12 horas por día (cuando podía) y se levantaba cansado, como si hubiera dormido pocas horas. En las épocas en que trabajaba en una oficina y se levantaba temprano, cruzárselo a la tarde suponía verlo bostezar de una a dos veces por minuto, siempre. Pero no era sólo una cuestión fisiológica, era algo más bien metafísico que el tipo tenia con el sueño. De hecho, uno de sus libros favoritos de entonces (sus favoritos cambiaban muy asiduamente) era un libro de cuentos, escrito por una autora de acá, joven, que tenia la palabra dormir en el titulo -no sé si llegó a conocerla.
Cualquier psicóloga de barrio te diagnostica una depresión galopante si te la pasas todo el día en la cama. D. cuando podía lo hacia y lejos de estar deprimido (la palabra no explica nada) D. estaba ansioso. Y si se metía en la cama, si se ponía a dormir, era para ir a encontrarse ingenuamente, infantilmente, con la materialización o al menos una ensoñación mas creíble de las cosas que añoraba. Sus sueños, pero también el momento ese del relajo antes de dormirse, y esos segundos de sopor en los que te empezás a despertar pero todavía estas en el umbral de lo que acabas de soñar y lo que se te presenta cuando abrís bien lo ojos, están en todos lados en su obra. Desafiando la máxima de profesor de taller literario que dice que no hay que empezar un cuento o una novela con un personaje despertándose, D. hizo despertar (e irse a dormir) seis o siete veces al guitarrista de El novio de la traductora.
De hecho, S. está ahora sentada en el sillón donde dormía D. cuando se quedaba acá y al lado, en una mesita ratona, una foto suya en un portarretratos fino, plateado brillante, de esos que compra S. en el bazar Wright, lo muestra durmiendo, con una leve sonrisa dibujada en los labios. Muero por saber con qué y con quién soñaba. Les juro que con saber la de esa vez, me alcanza.


2 Comments so far
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“Desafiando la máxima de profesor de taller literario que dice que no hay que empezar un cuento o una novela con un personaje despertándose, D. hizo despertar (e irse a dormir) seis o siete veces al guitarrista de El novio de la traductora.”

Te quedó todo buenísimo, pero ahí te sarpaste.

Comment by Polo

Me pongo como una quinceañera en su fiesta: tengo lectores en New York

Comment by Dam




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