Bienpensante


25
February 5, 2010, 7:29 pm
Filed under: ficción, habla, memoria, idealismo, pop

Cuando George Wilson Mackareth fue a contarle a Henry Stephens que Keats había aprobado el examen en el Guy’s Hospital y que tenia todo lo necesario para ser nombrado Apothecary según las leyes inglesas de la época, nadie en el depto. que compartían en St Thomas St. lo podía creer. Algunos arguyeron que había aprobado solo por su dominio del latín. Los cuadernos de notas, los apuntes que Keats tomaba en su época de estudiante lo sobrevivieron, así como también los testimonios de sus compañeros de estudio. Los cuadernos de Keats estaban llenos de garabatos, apuntes a medio tomar, ideas inconexas y demás devaneos, que poco tenían que ver con cada una de las materias que cursaba en el Guy’s Hospital. Así también eran sus apariciones en clase, siempre sentado detrás, soñadoramente mirando la ventana, completamente distraído.
A diferencia de su héroe literario de la adolescencia, D. tomaba excesivos y prolijos apuntes, su letra era de esas absolutamente prolijas y las líneas rectas (que me consta no hacia con regla, ya que solo andaba con su cuaderno y birome en la mano) eran envidiables para un tipo como yo, que después de un día de clase, iba a buscar respuestas a mis apuntes y me encontraba con la codificación autoimpuesta por mi propia caligrafía.
Lo que sí compartía con Keats era el debate alrededor de su color de pelo. Parece que de Keats también se decía que tenia el pelo rojizo, aunque Haydon se quejara más de una vez de la inexactitud de la miniatura en la que Joseph Severn inmortalizó al poeta mirando al infinito, descansando su cabeza sobre su mano, con su rojizo pelo corto, bien peinado, que Haydon asegura era “rather brown”.
Lo que llevó a Severn y al grupo de “closest friends” de Keats a retratarlo ya sea pictorica e historicamente como un hombre de pelo rojizo, fue lo que evito que D. fuera recordado de esa manera. La arbitrariedad de las cosas quiso que ninguno de los lentes de las baratas cámaras digitales que portábamos los jóvenes de nuestra generación y grupo etáreo pudiera captar el verdadero color de la cabellera de D. Las fotos que quedan de él, una casi durmiendo y la otra apoyado en el vano de una ventana de su departamento de Bleecker St., lo muestran tal como no era. Sintetizando: sin evidencia material alguna y con sólo la leve imagen en el recuerdo de quienes lo quisimos bien, D. va a pasar a la posteridad como un tipo de pelo castaño, básico, estudiante esmerado de la facultad, con un doctorado a medio terminar en Columbia, y siendo compañero de cuarto –y solo eso- de Mathew Raddington, quien acaba de publicar una maravillosa y definitiva biografía de John Keats que, lo sé definitivamente, fue escrita en un 90% por D.


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